Si es verdad que la libertad humana se desprende de la naturaleza, no es menos cierto que la destrucción o la organización de la naturaleza es el final de la libertad. El hombre tiene que mantenerse, y es tarea difícil, entre esos dos abismos: la totalidad cósmica y la totalidad social; y ese mismo término, «naturaleza», le indica por dónde pasa su estrecho camino, lo que quiere decir que ya no se trata de una divinidad que tenemos que adorar, ni la materia inerte que podemos utilizar a nuestro antojo.

Por una defensa de la naturaleza

Bernard Charbonneau

Pasquines, 10
2024
4€
24 páginas

«Si no cambia nada, el crecimiento indefinido de la masa humana, de sus apetitos y sus medios, sólo puede conducir a la destrucción de la naturaleza. Destrucción que la necesidad cada vez mayor que el hombre tiene de la propia naturaleza no hará más que acelerar.

Corremos el riesgo de que el hombre sea destruido por la destrucción de su medio. Y aun en el caso de que el conocimiento científico y el control técnico del medio humano progresaran al mismo ritmo geométrico que su destrucción, lo cierto es que para salvar al hombre de su destrucción física habrá que poner en pie una organización total que amenaza con atrofiar esa libertad, espiritual y carnal, sin la cual la palabra «hombre» no es más que un conjunto de letras».

Bernard Charbonneau (1910-1996) estudió el impacto de la «Gran Transformación», propiciada por la industrialización de la existencia. Precursor de la ecología política en Francia, su profundo amor por la naturaleza y su rechazo de la urbe hizo que optara por vivir retirado en el campo.

Textos extraídos de El Jardín de Babilonia, publicado por El Salmón en 2016 (edición original francesa de 1969).