Imágenes rotas

En el transcurso de esas conversaciones nos ha acontecido a menudo, a mis interlocutores y a mí, que nos hemos maravillado de nuestra suerte: nosotros aquí, ellos chinos, yo extranjero, desnudando nuestros corazones ¡y diciendo todo lo que se nos pasa por la cabeza! Nuestros caminos podrían haberse cruzado perfectamente ayer en China, pero tendríamos que haber guardado silencio; o incluso si en el transcurso de una clásica visita a su escuela, a su fábrica, a su comunidad, me hubiese sido dado verles y preguntarles, no habrían podido más que recitarme puntualmente la letanía que por convención se exige soltar a los extranjeros… Acerca de este asunto de las relaciones entre chinos y extranjeros, algunos de sus relatos terminan por lo demás por arrojar luz retrospectivamente sobre experiencias que tuve durante mi estancia en China y que, por algún incidente en particular, me provocan un doloroso remordimiento.

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El traje nuevo del presidente Mao

China ha vivido estos últimos años transformaciones prodigiosas. Está convirtiéndose en una superpotencia, si no en la superpotencia. En este caso, será —cosa inédita— una superpotencia amnésica. Porque, hasta hoy, su milagrosa metamorfosis se efectúa sin cuestionar el absoluto monopolio que sigue ejerciendo el Partido Comunista sobre el poder político, y sin tocar la imagen tutelar del presidente Mao, símbolo y clave de bóveda del régimen. Y el corolario de estos dos imperativos es la necesidad de censurar la verdad histórica de la República Popular desde su fundación: prohibición total de escribir la historia del maoísmo en acción, es decir, las sangrientas purgas de los años cincuenta, la gigantesca hambruna causada por Mao (en un acceso de delirio ideológico) a principios de los años sesenta y, por último, el monstruoso desastre humano de la «Revolución Cultural» (1966-1976).

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