El traje nuevo del presidente Mao

China ha vivido estos últimos años transformaciones prodigiosas. Está convirtiéndose en una superpotencia, si no en la superpotencia. En este caso, será —cosa inédita— una superpotencia amnésica. Porque, hasta hoy, su milagrosa metamorfosis se efectúa sin cuestionar el absoluto monopolio que sigue ejerciendo el Partido Comunista sobre el poder político, y sin tocar la imagen tutelar del presidente Mao, símbolo y clave de bóveda del régimen. Y el corolario de estos dos imperativos es la necesidad de censurar la verdad histórica de la República Popular desde su fundación: prohibición total de escribir la historia del maoísmo en acción, es decir, las sangrientas purgas de los años cincuenta, la gigantesca hambruna causada por Mao (en un acceso de delirio ideológico) a principios de los años sesenta y, por último, el monstruoso desastre humano de la «Revolución Cultural» (1966-1976).

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