De la parte equivocada

Nuestro primer plato principal, nuestro principal alimento cotidiano, es pura mierda. Está bien. No nos merecemos nada mejor. ¿Pero por qué servírnosla con una guarnición adicional de pequeños excrementos modelados cual castañas confitadas, dentro de fuentes horrendas con forma de corazón, con un espantoso hilo musical de fondo, frente a la televisión donde la presentadora nos guiña un ojo mientras nos seduce con su habitual y atroz sonrisa? ¿Es mucho pedir que se nos ahorre la ofensa innecesaria del comentario consolador, la tortura extrema de la guinda moral?

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