Somos revolucionarios a pesar nuestro

La bomba atómica plantea el problema del control humano de la técnica. Que me escuchen aquellos que confunden la aventura del conocimiento con el instinto mecánico. No se trata de someter el conocimiento, sino de controlar sus aplicaciones prácticas. En la medida en que es una aventura solitaria, el conocimiento es libre; pero en la medida en que sus aplicaciones prácticas transforman las condiciones de la vida de los hombres, es una cuestión que debemos juzgar. Porque si no todos los hombres son competentes para juzgar en materia de física, todos son competentes para juzgar la forma en que sus vidas serán trastornadas por la física, y en este caso no es sólo el interés de la ciencia lo que debe tenerse en cuenta, sino todos los intereses humanos. Si no se plantea la cuestión del control de los medios técnicos por parte de todos los individuos, los derechos que la democracia nos otorga pueden llegar a ser irrisorios.

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George Orwell. La biografía

Orwell comprendió que era un «escritor político», y ambos términos tenían idéntico peso. No pretendía ser un filósofo político, ni tampoco un mero polemista político: era un escritor, un escritor en sentido amplio, autor de novelas, obras descriptivas que denominaré «crónicas», ensayos, poemas e innumerables reseñas de libros y columnas de periódico. Pero si bien sus mejores obras no eran abiertamente políticas en su temática, siempre mostraban una conciencia política. En este sentido, Orwell es el escritor político más brillante en lengua inglesa desde Swift, ese moralista, satírico, estilista y agitador que tanta influencia ejerció en él. En su madurez, Orwell definió a Swift como «anarquista tory», olvidando que había utilizado esa misma expresión para describirse a sí mismo cuando, siendo joven, se le preguntó cómo se posicionaba políticamente.

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La vida en la tierra

¿En qué pensar? Me acerco a la ventana. La calle se me aparece con una precisión absoluta: las carrocerías de los coches brillan al sol, por la acera de enfrente pasan los transeúntes con sus órganos internos. ¿A qué dedicar todas estas horas del día? Con mucho gusto me dejaría caer por las callejuelas empinadas, por las escaleras con baranda de hierro entre los muros ennegrecidos para bajar hacia los barrios de la ribera del río y buscar por allí un modesto restaurante en el que almorzar bajo el cielo de antaño. Pero ahí fuera está el mundo televisado, la ciudad presa de su delirio de motores y electricidades, sus habitantes de ojos artificiales.

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A la caza de Moby Dick

Una civilización que se basa en la sobreexplotación infinita de recursos finitos en beneficio de una parte de la humanidad, en un mundo superpoblado y globalizado, forma un puzle imposible. En este marco tóxico, no es posible un futuro, ni poshumano ni siquiera humano. Si no cambiamos las piezas, el destino que nos espera en un plazo muy breve es el colapso de la vida civilizada, y todas las especulaciones que podamos hacer sobre un eventual mundo poshumano se convertirán en humo. Si llega el fin del mundo, lo que venga después no importa.

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Saqueadores de espuma

La nueva ciudad carece no sólo de capas sucesivas de acontecimientos sedimentados a lo largo del tiempo capaces de animar a sus moradores; se halla igualmente desprovista de miradas que puedan vivirla, pues el capital humano disponible para construir el devenir histórico de tal distopía es una miríada de seres indiferentes al descalabro de la ciudad histórica. Inmersos en un delirio aséptico, cobijados y guarecidos de los peligros de la vida en sus coches y casas, aislados e inmovilizados ante el teclado y la pantalla, ¿pueden los incidentes desfallecidos de sus vidas dejar alguna huella en las piedras de la ciudad?

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Chernoblues

El Estado autoritario, o incluso totalitario, se vuelve una necesidad «natural» y deja de ser el producto de una decisión de la población o de la toma del poder por parte de una minoría. La dinámica de la sociedad industrial es temible por su extremada coherencia lógica. Los antinucleares y más en general el movimiento ecologista, al no reclamar más que controles cada vez más estrictos y una reglamentación más restrictiva, participan en esta dinámica, independientemente de los valores que querrían desarrollar en la sociedad.

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Las bellas banderas

He tenido recientes experiencias de «diálogo» con el público no especializado, y han sido experiencias hermosísimas. Comenzó meses atrás cuando me pidieron que acudiera a dar una conferencia. Pero yo no tenía ganas de hacer de conferenciante, no tenía ganas de aburrirme al público y a mí mismo con una charla que sólo entretiene si se representa bien, o sea, con demagogia; de modo que les propuse hacer una «conferencia de prensa pública»: los asistentes podrían plantearme preguntas, con total libertad, y yo les respondería. Salió de maravilla: no se aburrió nadie, a pesar de que el diálogo se prolongó más allá de dos horas. Desde entonces, siempre que me piden que vaya a hablar a otras ciudades lo hago así; y guardo un recuerdo hermosísimo de todas estas charlas, un sentimiento de profunda simpatía hacia mis interlocutores. Me gustaría hacer aquí, en este rincón, algo parecido y esperemos que igual de útil y vital.

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