Chernoblues

El Estado autoritario, o incluso totalitario, se vuelve una necesidad «natural» y deja de ser el producto de una decisión de la población o de la toma del poder por parte de una minoría. La dinámica de la sociedad industrial es temible por su extremada coherencia lógica. Los antinucleares y más en general el movimiento ecologista, al no reclamar más que controles cada vez más estrictos y una reglamentación más restrictiva, participan en esta dinámica, independientemente de los valores que querrían desarrollar en la sociedad.

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Destruyamos las máquinas

El hecho de que las máquinas posean ahora una consciencia mínima no es garantía de que, en última instancia, no vaya a evolucionar la consciencia mecánica. Téngase en cuenta el avance extraordinario que han protagonizado las máquinas durante los últimos siglos. ¿No sería más seguro cortar el problema de raíz e impedirles continuar su progreso?

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La pesadilla tecnológica

Cabría despachar estas profecías como mera palabrería autoindulgente de niños ricos, salvo por una cosa: han terminado por dar forma a la opinión pública. Al extender una visión utópica de la tecnología, una visión que define el progreso exclusivamente en términos tecnológicos, han reducido la capacidad crítica de la gente, propiciando que los empresarios de Silicon Valley sean libres de remodelar la cultura para que se adapte a sus intereses comerciales.

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En el camino a ninguna parte

Es cierto que no podemos volver a los círculos sagrados perdidos hace mucho tiempo. Estamos ya desarraigados. Pero el espacio y el tiempo aún no han sido aniquilados por completo: todavía es posible averiguar dónde hemos estado, quiénes somos en realidad, y reconocer la integridad del lugar y aquello que ha vivido en él. Es el momento de comenzar a limpiar nuestros deshechos, de «asirnos a la roca y al suelo», como dijo el escritor lakota Luther Standing Bear. Es hora de volver a casa.

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Un futuro sin porvenir. Por qué no hay que salvar la investigación científica

La Ciencia (con mayúscula) ocupa el centro de la ideología progresista, que ha legitimado la apropiación del destino humano y terrestre por parte de la industria en los últimos dos siglos. La ciencia (con minúscula), con las múltiples apariencias —a veces contradictorias— con que se enmascara, es esencial en la producción de nuevos procedimientos industriales, de nuevos modos de estar en el mundo, de nuevos objetos; en resumen, de nuevas tecnologías. El Grupo Oblomoff se esfuerza aquí en denunciar los avatares no sólo del cientifismo sino de la propia Ciencia.

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¿Sólo un dios puede aún salvarnos? Heidegger y la técnica

La pregunta de si hoy es necesaria una crítica de la técnica que vaya más allá de la denuncia de los aspectos parciales de algunos excesos se responde sola. El desastre no son los fallos del sistema, como las mareas negras, los accidentes de coche, el trabajo esclavo en las minas de coltan, Fukushima o los cánceres inducidos por el consumo de alimentos atiborrados de pesticidas. El desastre son más bien los superpetroleros cuyo nombre nunca conoceremos y que llegan a puerto sin inconvenientes para descargar el crudo; son los setecientos millones de vehículos a motor que han devastado gran parte de la superficie terrestre y de nuestros pulmones; nuestra adicción a ordenadores y teléfonos móviles; la siempre creciente necesidad de la demanda de energía eléctrica; o la mecanización, quimización y mercantilización de la agricultura en todo el planeta. Es decir, el funcionamiento «correcto» de la sociedad industrial.

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