El Jardín de Babilonia

Aquí el otoño es un despertar. La pesada confusión del verano se disipa bajo la mirada misma de la luz: ni una piedra que no brille, ni una rama que no esté cincelada por el cristal más duro. Cada tarde la nitidez del cielo se agudiza bajo la amenaza de la helada, amenaza que luego truncará una noche de viento del sur. Súbitamente cárdenos, aparecerán los Pirineos encolerizados, con sus picos acuchillados por el hielo, sus laderas incendiadas por los fuegos del ocaso, el manto de nubes presto a rebasar la cresta. Hacia ese vacío demasiado puro del ciclón asciende entonces una legión de vientos, y el pendón de las borrascas restalla en los postigos; desgreñado, el Oeste brama desastre y todos los aguaceros del mar le siguen, mientras las hojas alzan el vuelo y el fruto demasiado pesado de las cosechas cae de las ramas negras del invierno.

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