Imágenes rotas

En el transcurso de esas conversaciones nos ha acontecido a menudo, a mis interlocutores y a mí, que nos hemos maravillado de nuestra suerte: nosotros aquí, ellos chinos, yo extranjero, desnudando nuestros corazones ¡y diciendo todo lo que se nos pasa por la cabeza! Nuestros caminos podrían haberse cruzado perfectamente ayer en China, pero tendríamos que haber guardado silencio; o incluso si en el transcurso de una clásica visita a su escuela, a su fábrica, a su comunidad, me hubiese sido dado verles y preguntarles, no habrían podido más que recitarme puntualmente la letanía que por convención se exige soltar a los extranjeros… Acerca de este asunto de las relaciones entre chinos y extranjeros, algunos de sus relatos terminan por lo demás por arrojar luz retrospectivamente sobre experiencias que tuve durante mi estancia en China y que, por algún incidente en particular, me provocan un doloroso remordimiento.

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Los bosques perdidos

La humanidad ha llevado muy lejos el mundo artificial que ella misma ha creado. Ha buscado aislarse, en sus ciudades de acero y hormigón, de las realidades de la tierra y del agua. Embriagada con la sensación de su propio poder, parece querer profundizar cada vez más y más en sus experimentos de destrucción de su mundo y de su propia raza. No me da miedo ser tachada de sentimentalista si me planto hoy aquí y les digo que considero que la belleza natural debe ocupar un lugar en el desarrollo espiritual de todo individuo y toda sociedad. Cuando destruimos la belleza, o cuando sustituimos un atributo natural de la tierra por algo artificial creado por el hombre, estamos retrasando parte del crecimiento espiritual del ser humano.

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Somos revolucionarios a pesar nuestro

La bomba atómica plantea el problema del control humano de la técnica. Que me escuchen aquellos que confunden la aventura del conocimiento con el instinto mecánico. No se trata de someter el conocimiento, sino de controlar sus aplicaciones prácticas. En la medida en que es una aventura solitaria, el conocimiento es libre; pero en la medida en que sus aplicaciones prácticas transforman las condiciones de la vida de los hombres, es una cuestión que debemos juzgar. Porque si no todos los hombres son competentes para juzgar en materia de física, todos son competentes para juzgar la forma en que sus vidas serán trastornadas por la física, y en este caso no es sólo el interés de la ciencia lo que debe tenerse en cuenta, sino todos los intereses humanos. Si no se plantea la cuestión del control de los medios técnicos por parte de todos los individuos, los derechos que la democracia nos otorga pueden llegar a ser irrisorios.

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George Orwell. La biografía

Orwell comprendió que era un «escritor político», y ambos términos tenían idéntico peso. No pretendía ser un filósofo político, ni tampoco un mero polemista político: era un escritor, un escritor en sentido amplio, autor de novelas, obras descriptivas que denominaré «crónicas», ensayos, poemas e innumerables reseñas de libros y columnas de periódico. Pero si bien sus mejores obras no eran abiertamente políticas en su temática, siempre mostraban una conciencia política. En este sentido, Orwell es el escritor político más brillante en lengua inglesa desde Swift, ese moralista, satírico, estilista y agitador que tanta influencia ejerció en él. En su madurez, Orwell definió a Swift como «anarquista tory», olvidando que había utilizado esa misma expresión para describirse a sí mismo cuando, siendo joven, se le preguntó cómo se posicionaba políticamente.

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La vida en la tierra

¿En qué pensar? Me acerco a la ventana. La calle se me aparece con una precisión absoluta: las carrocerías de los coches brillan al sol, por la acera de enfrente pasan los transeúntes con sus órganos internos. ¿A qué dedicar todas estas horas del día? Con mucho gusto me dejaría caer por las callejuelas empinadas, por las escaleras con baranda de hierro entre los muros ennegrecidos para bajar hacia los barrios de la ribera del río y buscar por allí un modesto restaurante en el que almorzar bajo el cielo de antaño. Pero ahí fuera está el mundo televisado, la ciudad presa de su delirio de motores y electricidades, sus habitantes de ojos artificiales.

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