El campo y la ciudad: ¿Dos mundos enfrentados?

Una crítica radical del mundo industrial debería poder extraer lo mejor de las formas de vida campesinas y de la relaciones sociales en las ciudades, para oponer una existencia distinta a la utopía asfixiante de una urbanización total de la condición humana. A pesar de la dificultad de su puesta en práctica, de los distintos intentos que conocemos más o menos directamente de recuperar una vida más cercana a la naturaleza, y de la suerte de diferentes luchas en defensa del territorio y contra las infraestructuras del urbanismo industrial, creemos que sigue siendo un buen programa desurbanizar el campo y ruralizar las ciudades. O, como hemos escrito en otro lugar, que la deserción del mundo industrial se convierta en un proyecto político para el anarquismo.

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Posmodernidad: de la crítica a la impostura

El sujeto ético de la posmodernidad exhibe su ambigüedad como una virtud, cuando en realidad es una necesidad perentoria: no ha quedado ninguna forma de regulación social que pueda asumir las consecuencias nefastas del proceso de industrialización, por eso debe estar capacitado para asumir cualquiera (incluso las más autoritarias, que son en realidad las que se adivinan en un horizonte cercano). Calificándose genéricamente de «ciudadano» puede reclamar sus derechos sin necesidad de cuestionar las relaciones de opresión y dependencia. La ética posmoderna es, en fin, el aceite que engrasa el mecanismo de la vida administrada. Oponerle cualquier identidad fuerte, cualquier pensamiento ideológico, es trabajo perdido: puede asumirlos convirtiéndolos en una opción más para aquellos que ya no ven ninguna opción.

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Internet y nuevas tecnologías: ¿La desposesión culminada?

¿Están entonces los seres humanos capacitados para elegir las innovaciones técnicas que penetran en sus vidas y cómo hacer uso de ellas? Si la respuesta a este interrogante es negativa, podría existir el peligro de abrazar uno de los credos irracionales de los que pecan tanto tecnófilos como muchos tecnófobos: el determinismo tecnológico, esto es, atribuir una inevitabilidad al desarrollo tecnológico, hasta el punto de creerlo dotado de una autonomía mágica sobre la que los inviduos no podemos incidir.

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