Posmodernidad: de la crítica a la impostura

El sujeto ético de la posmodernidad exhibe su ambigüedad como una virtud, cuando en realidad es una necesidad perentoria: no ha quedado ninguna forma de regulación social que pueda asumir las consecuencias nefastas del proceso de industrialización, por eso debe estar capacitado para asumir cualquiera (incluso las más autoritarias, que son en realidad las que se adivinan en un horizonte cercano). Calificándose genéricamente de «ciudadano» puede reclamar sus derechos sin necesidad de cuestionar las relaciones de opresión y dependencia. La ética posmoderna es, en fin, el aceite que engrasa el mecanismo de la vida administrada. Oponerle cualquier identidad fuerte, cualquier pensamiento ideológico, es trabajo perdido: puede asumirlos convirtiéndolos en una opción más para aquellos que ya no ven ninguna opción.

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Foucault: la longevidad de una impostura

El principal talento de Foucault fue probablemente dar una forma filosófico-literaria a los lugares comunes de una época […] Como buen escritor posmoderno que aplica con celo las reglas del marketing de las ideas, Foucault se adapta constantemente a la tendencia del momento, pero su discurso nunca deja de ser reversible, de tal manera que se reserva siempre la posibilidad de desmarcarse de él y proclamar su singularidad.

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